martes, 11 de agosto de 2015

Un pedacito del universo

Cada que miramos el cielo nocturno de la ciudad acostados en el pasto, es el momento en el que siento que, con el lenguaje tu mirada, me has encomendado al universo, tan inmenso y misterioso. Nos miramos por un momento: es el momento en el que tu mirada, en armonía con tu sonrisa, utiliza el lenguaje de los astros inquietos que tintinean en el lienzo estelar de terciopelo. Tintinean porque están a casi nada de cruzar el umbral para salir disparados a dar una vuelta. Mira qué curioso, salirse a volar por allá sin rumbo y sólo observando esas luces tan distantes que solían ser estrellas, cómo al universo le gusta seguir resplandeciendo, presumiéndonos su inmensidad y a nosotros contemplarlo desde nuestra guarida infinitesimal. Parece un viaje interminable, porque ese universo está lleno de singularidades. ¿Quién se anima a recorrerlo, así, solito? Afortunadamente no lo haré solo, porque tú me acompañas, me has regalado un pedacito del universo porque tú lo sabes interpretar de una manera peculiar que me encanta, eres la chica que ata sus tenis coloridos con cintas de Moebius, cuando me hablas al acercarnos a alguna nebulosa, te puedo oír susurrarme porque no sé cómo le haces para que tu voz se propague en el vacío, te gusta jugar conmigo a esquivar asteroides, a escupir en los hoyos negros, a saborear un poco de la vía láctea porque tú sabes deslactosarla, a trotar en la superficie de Marte llena de hoyos de tuzas marcianas, a ponerle nombres a los cráteres de alguna luna de Júpiter inspirados en los raperos más eminentes de las últimas décadas terrestres, a asar carne ahí en la corona del sol y unos bombones para el postre. Para bajar esa comida que envidiarían los astronautas, propongo un poco de baile de esa cumbia espacial que todavía bailan en los tíbiris de Saturno que duran la mitad de los 378.1 días de su movimiento de rotación, se ponen bien buenos y no conviene faltar. Qué belleza es la que adorna al universo cuando lo contemplo contigo, qué calidez la de tu cuerpo que me reconforta al dormir la siesta en esa superficie congelada de la luna pálida, qué sonrisa tan deslumbrante nos provocamos ambos al exhibir nuestros manifiestos de emoción y de amoroso cariño en estado de plasma, con ese hermoso descaro que nos caracteriza. Porque el universo está hecho para los valientes que un día colisionaron y desprendieron tanta energía divertida que hasta se propaga a varios pársecs de distancia y contagia a los cercanos. Oh, sí. Esos labios, los tuyos y los míos, que se mandan mensajes en secreto como estrellas pulsares en código morse y que piden ser besados mutuamente. Así de sabroso es el universo, de delicia y mordidas delicadas, de viento solar que roza nuestros cuellos, de rubor infrarrojo, de sudor de cristal que viaja a velocidades vertiginosas. Es por eso que me gusta contemplar ese pedacito del universo.




Escrito en febrero de 2011, encontrado ahí entre mis archivos, es bonito y no es apto para veganos.

domingo, 1 de marzo de 2015

El amor perfecto

Es viernes y decidí quedarme a descansar, en vez de salir a vagar. Es el momento en el que contemplo tus fotografías, las que tengo y las que compartes en la red. En cada una aprendo una faceta que no conozco de ti, facetas que la distancia me ha privado de conocer. La distancia no sólo se mide entre dos puntos del mapa, sino entre la que hay en las ideas de dos mentes. Se puede estar físicamente a unos centímetros, pero las mentes a varios pársecs de distancia. Las mentes inquietas, que no se toman un respiro para poder descansar, formulan de la mejor manera la manifestación de tantas emociones que se han concebido y pulido para regalarlas en un día soleado y tibio. El pensamiento constante y decidido, un día decide manifestarse, aunque el receptor del mensaje no esté dispuesto a escucharlo, entenderlo o conocerlo. Al final de cuentas, amar implica coincidir. No importa que haya muchas definiciones del amor, tanto las que se pensaron con mucho cuidado como las que intentan imponernos con frecuencia, no consideran que hay que coincidir en las líneas del tiempo y del pensamiento. Tal vez el amor perfecto no es el que se quiere expresar persiguiendo al destinatario y conspirando para que suceda con toda la arrogancia que caracteriza a los que se enamoran, derrochando palabras y magia que luego deja de tener sentido. El amor perfecto es aquél que una vez de tantas se formuló de manera espontánea, se quedó guardado y que portamos en la mano con mucho orgullo cuando lo sacamos a que tome el aire fresco. Lo portas en la mano, lo procuras y así crece hasta que se detiene a un punto antes de que se desborde de la mano. Está formado de lo que se acumuló con la poquita convivencia y de lo que se idealiza responsablemente (como si eso fuese posible), porque para idealizar no hay que desbordarse ni extraviarse. Es compacto pero denso, tiene tanta energía interna que hace cosquillas y brilla de muchos colores. Es tan simple y preciso, delicado y con hermosura, que resulta perfecto porque se creó para poder expresarlo plenamente pero que se tuvo que guardar por causas ajenas. Aunque vibra intensamente lo sostienes con fuerza y cautela, porque es como las granadas que cuando se sueltan explotan. Si la sueltas cerca, pega con una fuerza violenta que lastima y hasta mutila al portador, pero si la lanzas lejos se disipa de manera maravillosa. Sólo es maravillosa si llega al objetivo original, con el que se concibió, de lo contrario se vuelve un desperdicio incómodo de sonidos y fulgores que nadie deseaba ver en ese momento. O a lo mejor alguien piensa que es la mejor explosión y se decepcionan porque no fue hecha a la medida de su voluntad. Esa situación sensorial que de repente fastidia el momento, satura los sentidos y motiva a marcharse, no resulta incómoda cuando alcanza el objetivo preciso para el que se concibió. Cuando lo alcanza y surte efecto es cuando se pudo calcular la distancia y el tiempo con precisión matemática, esa que se aprende sin darse cuenta. Es ahí cuando ese amor deja de ser perfecto y se vuelve fabuloso.