domingo, 1 de marzo de 2015

El amor perfecto

Es viernes y decidí quedarme a descansar, en vez de salir a vagar. Es el momento en el que contemplo tus fotografías, las que tengo y las que compartes en la red. En cada una aprendo una faceta que no conozco de ti, facetas que la distancia me ha privado de conocer. La distancia no sólo se mide entre dos puntos del mapa, sino entre la que hay en las ideas de dos mentes. Se puede estar físicamente a unos centímetros, pero las mentes a varios pársecs de distancia. Las mentes inquietas, que no se toman un respiro para poder descansar, formulan de la mejor manera la manifestación de tantas emociones que se han concebido y pulido para regalarlas en un día soleado y tibio. El pensamiento constante y decidido, un día decide manifestarse, aunque el receptor del mensaje no esté dispuesto a escucharlo, entenderlo o conocerlo. Al final de cuentas, amar implica coincidir. No importa que haya muchas definiciones del amor, tanto las que se pensaron con mucho cuidado como las que intentan imponernos con frecuencia, no consideran que hay que coincidir en las líneas del tiempo y del pensamiento. Tal vez el amor perfecto no es el que se quiere expresar persiguiendo al destinatario y conspirando para que suceda con toda la arrogancia que caracteriza a los que se enamoran, derrochando palabras y magia que luego deja de tener sentido. El amor perfecto es aquél que una vez de tantas se formuló de manera espontánea, se quedó guardado y que portamos en la mano con mucho orgullo cuando lo sacamos a que tome el aire fresco. Lo portas en la mano, lo procuras y así crece hasta que se detiene a un punto antes de que se desborde de la mano. Está formado de lo que se acumuló con la poquita convivencia y de lo que se idealiza responsablemente (como si eso fuese posible), porque para idealizar no hay que desbordarse ni extraviarse. Es compacto pero denso, tiene tanta energía interna que hace cosquillas y brilla de muchos colores. Es tan simple y preciso, delicado y con hermosura, que resulta perfecto porque se creó para poder expresarlo plenamente pero que se tuvo que guardar por causas ajenas. Aunque vibra intensamente lo sostienes con fuerza y cautela, porque es como las granadas que cuando se sueltan explotan. Si la sueltas cerca, pega con una fuerza violenta que lastima y hasta mutila al portador, pero si la lanzas lejos se disipa de manera maravillosa. Sólo es maravillosa si llega al objetivo original, con el que se concibió, de lo contrario se vuelve un desperdicio incómodo de sonidos y fulgores que nadie deseaba ver en ese momento. O a lo mejor alguien piensa que es la mejor explosión y se decepcionan porque no fue hecha a la medida de su voluntad. Esa situación sensorial que de repente fastidia el momento, satura los sentidos y motiva a marcharse, no resulta incómoda cuando alcanza el objetivo preciso para el que se concibió. Cuando lo alcanza y surte efecto es cuando se pudo calcular la distancia y el tiempo con precisión matemática, esa que se aprende sin darse cuenta. Es ahí cuando ese amor deja de ser perfecto y se vuelve fabuloso.